
Si hoy buscas coliving en Google, es probable que te encuentres con algo así: una habitación bonita, wifi, zonas comunes “instagrameables” y una promesa vaga de comunidad. Luego llegas y descubres lo evidente: cero convivencia… y, casi siempre, cero vínculo con el entorno.
Eso no es coliving. Es alquiler flexible con marketing.
Desde FEM llevamos tiempo viendo cómo se ha vaciado el término: el coliving nació como una forma de convivencia con intención, y el mercado (capitalista, especulador, inmobiliario) lo ha convertido en una etiqueta para poder sacar más rendimiento económico de cada alojamiento, al dividirlo por habitaciones.
En este artículo hablaremos sobre qué se suele llamar coliving hoy, qué modelos existen realmente y por qué es importante llamar a las cosas por su nombre.
El coliving no es solo compartir alojamiento: es una forma de convivencia con intención, tiempo y vínculo con el territorio.
Cuando el coliving empezó a popularizarse, la idea central era muy simple y muy potente: vivir con otras personas de forma consciente, compartir recursos, cuidarse y formar parte del territorio.
Era una respuesta a varias cosas a la vez: aislamiento en las ciudades, precariedad, soledad, necesidad de redes, ganas de colaboración. También una forma de experimentar maneras de vivir más sostenibles y humanas.
El problema no es que existan formatos comerciales. El problema es cuando se usa el nombre “coliving” para describir propuestas donde no hay convivencia, no hay dinamización, no hay intención y no hay vínculo local.
Ahí el término no solo se estira: se rompe.
Aquí va un matiz importante: cuando hablamos del origen no hablamos de nostalgia.
FEM abrió en 2020, cuando “coliving” todavía significaba, para muchas personas, convivencia real, comunidad pequeña, vida compartida y propósito. Empezamos ahí. Y hemos seguido ahí.
Por eso hoy nos permitimos ser críticos.
No porque tengamos la verdad absoluta, sino porque lo hemos vivido desde el principio.

Antes de entrar en los modelos actuales, dejamos clara nuestra definición. Para nosotros, un coliving auténtico no se sostiene sobre servicios, sino sobre estos pilares:
(no solo “compartir pasillo”)
La convivencia no aparece sola por poner una cocina grande. Aparece cuando hay cultura compartida, acuerdos mínimos y un grupo que se implica.
En FEM la comunidad no es un decorado: es un equipo humano, una familia que se cuida y se organiza.
No se trata de una experiencia consumida, sino de construir vivencias reales.
Si un espacio está en el Pirineo —o en cualquier territorio rural— pero vive de espaldas al lugar, sin relación con personas, economía local, cultura o proyectos, lo que tiene es una postal.
El rural no es un fondo de pantalla. El vínculo con el territorio no es opcional.
(no es una guardería)
Aquí hacemos equipo: entre todos definimos planes, rutinas y momentos comunes. Es tu vida real, pero en el Pirineo. Con intención, sin infantilizar a nadie.
Y por tanto, somos claros: no somos una guardería de digital nomads. No hacemos entretenimiento para que “pase algo” mientras la gente vive en paralelo.
El coliving se ha asociado demasiado al teletrabajo como estética. Aquí el trabajo es real: se viene a producir, a avanzar, a construir.
El foco, el respeto por el silencio y el cuidado del ritmo laboral forman parte de la convivencia.
El mundo rural no es un plan bonito: es un ritmo. Te cambia el cuerpo, la atención y la forma de estar.
La naturaleza no se consume; se vive. Para muchas personas es un “reset”; para otras, el primer paso para replantearse su relación con lo urbano.
Antes de entrar en los modelos más visibles, conviene señalar otro fenómeno que añade confusión al término: casas rurales o alojamientos turísticos que se posicionan como coliving para llenar semanas flojas o temporadas bajas.
No hay nada malo en ello. El problema vuelve a ser el nombre.
En la mayoría de estos casos, el ADN sigue siendo turístico:
Se ofrece alojamiento —a veces bonito y bien cuidado— con una narrativa de “trabajo remoto en la naturaleza”. Pero no hay comunidad que se sostenga, ni cultura compartida, ni intención de largo recorrido.
Es turismo mensual con portátil.
De nuevo: puede ser agradable.
Pero no es coliving en el sentido profundo del término.

Hoy conviven tres grandes modelos bajo la misma etiqueta. El problema no es elegir uno u otro. El problema es que te vendan A y te entreguen B.
Actualmente, bajo la etiqueta coliving conviven modelos muy distintos, con impactos y objetivos muy diferentes.
(alquiler flexible que acelera la crisis de vivienda)
En ciudades como Barcelona, el coliving de mercado suele ser una variante del alquiler temporal: habitaciones por meses, servicios incluidos, cierta estética y un relato de comunidad.
El conflicto es serio. En un contexto de crisis de vivienda, gentrificación y pérdida de identidad de barrio, estos modelos pueden contribuir a:
¿Puede haber propuestas urbanas con intención? Sí.
Pero cuando el modelo se apoya en maximizar rentabilidad y rotación, la palabra “convivencia” suele ser solo un adorno.
Estancias cortas y experiencias intensas. Funcionan como espacios pensados para combinar trabajo remoto y ocio, donde el foco está más en la vivencia personal que en la construcción de comunidad.
La relación con el territorio suele ser superficial: se consume el entorno como destino, sin generar vínculos reales o significativos con él. Es una experiencia más cercana al turismo que a una forma de habitar.
No hay nada de malo en ello. Puede ser inspirador, divertido y útil.
Pero no suele generar comunidad real ni continuidad, ni un impacto profundo en el lugar.
Convivencia real, estancias de meses, vínculo con el territorio y profundidad. Un puente entre lo urbano y lo rural, entre trabajo y vida, con potencial de impacto social real.
El coliving nació para hablar de vivir juntos con intención.
Cuando se utiliza el mismo nombre para describir modelos sin convivencia, sin cuidado y sin vínculo territorial, el concepto pierde sentido.
Nombrar bien las cosas no es una cuestión semántica.
Es una forma de hacer visibles los modelos que se están normalizando.
Desde FEM no creemos que el problema sea la ciudad, ni que todo lo urbano sea negativo. El problema aparece cuando la lógica del mercado se apropia del lenguaje de la convivencia.
Por eso defendemos algo sencillo:
si no hay convivencia, dinamización e intención, no es coliving.
Es otra cosa. Y está bien que exista. Pero llamémosla por su nombre.

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